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No puedo
decir nada nuevo ni nada que no se haya dicho una y
mil veces. Por más que una y otra vez haya que
volver a decirlo. Son cosas de la tozudez humana, y
lo difícil que se nos hace, a nosotros que nos
decimos animales racionales, pensar y actuar con racionalidad
en las cosas que nos tocan de cerca los sentimientos
más viscerales. Sea pues.
La lengua es vehículo de comunicación,
no puede ser otra cosa. Hay hablantes y hay formas en
que estos se comunican. Medios y mensajes. Limitar el
derecho a elegir cómo hablar, cómo comunicarnos,
es limitar el derecho a la libertad más íntima
de cada uno. Pero además la lengua es lengua
común, patrimonio de los hablantes, parte de
su historia e incluso de su cosmovisión: acostumbrados
a interrogarse sobre ellos mismos y sobre el mundo en
el que viven, cada lengua no sólo es el medio,
sino que se ha configurado en reflejo y a la vez filtro
de ese vivir diario. En culturas donde la propiedad
es común, la lengua tiene menos posesivos. Allí
donde la naturaleza es rica y generosa, el habla llega
a perder la necesidad de enumerar.
Aquí, olvidando lo que somos y a lo que tenemos
derecho, algunos han convertido ese medio, esa parte
de nuestra historia, en arma arrojadiza, en mecanismo
de opresión, en mordaza incluso. Una vergüenza.
Pero sobre todo un robo a las generaciones que vienen
detrás. ¿Cómo podrán comprender
este mundo en el que vivimos sin participar de esa forma
de mirarlo y hablarlo?
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